Lugares · Guadalajara
Teatro Degollado: la sala que Guadalajara tardó treinta años en tener y ciento sesenta en soltar
Se inauguró a medio construir, con cuerdas sosteniendo los balcones y una soprano que ya era leyenda. Siglo y medio después sigue siendo el corazón escénico de la ciudad. Historia del edificio con Apolo en la fachada y Dante en el techo.
En el centro de Guadalajara, cerrando la perspectiva de la Plaza de la Liberación, hay un pórtico de columnas corintias con un relieve de mármol encima: Apolo y las nueve musas, talladas por Benito Castañeda. Es la fachada del Teatro Degollado, y es difícil pararse enfrente sin sentir que el edificio te está haciendo una promesa. Lleva cumpliéndola desde 1866.
Treinta años de pedirlo
Guadalajara pasó buena parte del siglo XIX pidiendo un teatro digno. Desde 1838 hubo propuestas al Ayuntamiento para dotar a la ciudad de una sala de Bellas Artes, y pasaron más de quince años de idas y vueltas hasta que, a mediados de la década de 1850, el gobernador Santos Degollado — el mismo que después le daría el nombre — empujó el arranque de la obra bajo el proyecto del arquitecto Jacobo Gálvez. Después vino lo de siempre en el México de ese siglo: guerras, ocupaciones, dinero que se acaba. La obra avanzó a tirones durante una década.
La noche de 1866
El teatro abrió la noche del jueves 13 de septiembre de 1866 sin estar terminado: crónicas de la época cuentan que había cuerdas sosteniendo los balcones y paredes sin pintar. No importó. En el escenario estaba Ángela Peralta — 'el Ruiseñor Mexicano', la soprano más célebre que ha dado el país — cantando Lucía de Lammermoor de Donizetti, y Guadalajara entendió que por fin tenía su sala. Abrió con otro nombre, Teatro de Alarcón, pero ese mismo diciembre, con la ciudad recuperada por el ejército liberal, recibió el definitivo: Degollado, por el gobernador que lo hizo posible y que no vivió para verlo.
Apolo en la fachada, Dante en el techo
El edificio es un manifiesto de lo que aquella Guadalajara quería ser. Afuera, el neoclásico del pórtico y el mármol de Apolo. Adentro, la bóveda pintada por el propio Jacobo Gálvez con Gerardo Suárez: una alegoría de la Divina Comedia flotando sobre mil veintisiete butacas en herradura, rojo y oro, a la italiana. El arquitecto no solo levantó el teatro — lo firmó por dentro, en el techo, donde el público mira cuando la orquesta afina.
Lo que suena hoy
Al Degollado no se le visita como reliquia: trabaja. Es la casa de la Orquesta Filarmónica de Jalisco y el escenario de la ciudad para ópera, danza y las noches grandes de su calendario cultural; por sus tablas han pasado Plácido Domingo, Marcel Marceau y Juan Gabriel. La taquilla abre entre semana y los programas rara vez cuestan lo que sugiere el mármol. Esa es quizá la mejor herencia del edificio: siglo y medio después, la promesa del pórtico sigue siendo para cualquiera que cruce la puerta.
Una ciudad que tardó treinta años en construir su teatro y nunca dejó de usarlo sabe algo sobre la paciencia y sobre la fiesta. Entra a comprobarlo. no te limites.
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